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	<title>#SoySolo &#187; conquista</title>
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	<description>Martín París comparte anécdotas de un hombre que busca la mujer ideal. El humor y el sarcasmo son actores principales de cada historia</description>
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		<title>Consejos para conquistar</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Jan 2013 13:00:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Casi siempre, cuando me propongo conquistar una chica, termino empleando la táctica de seducción equivocada. A veces pienso que debería evaluar mis propias fortalezas personales, tener en claro cuáles son mis oportunidades de conquista, aceptar mis debilidades amatorias y estar atento a las amenazas que presenta mi próxima víctima (los buitres de mis amigos) para elaborar una estrategia de conquista… y hacer absolutamente todo lo contrario a lo que creo que debo hacer. Por eso, termino empleando uno de los recursos más confusos y desgastantes en el que un hombre puede caer a la hora de levantarse una mina que no conoce: pedir consejos a los demás.</p>
<p><span id="more-128"></span></p>
<p>Una vez fui a una fiesta en la que un par de amigos y conocidos querían presentarme una chica. Ya, de por sí, es rara la situación de que te “presenten” a alguien (es como cuando, de chiquito, agarraba dos gatitos de la calle y los apretaba uno con otro pensando que así iban a tener hijitos). Como que te fuerzan a hacer algo que no es natural. Es como un ring de box, un escenario con público que te mira (o hace que no te mira pero te está fichando a full) a ver qué movimiento haces, qué le decís a esa otra persona que está ahí como esperando que la sorprendas. Es horrible que te presenten. Yo, para la próxima, me hago un Currículum Vitae Amatorio y, cuando me hagan el entre con una mina (que es la que a mis amigos les gustaría ver conmigo ignorando completamente las características que yo busco en una mujer) se lo doy y le digo: <em>“Leelo tranquila. Cualquier cosa me llamás la semana que viene para una segunda entrevista, ¿sí?”</em>.</p>
<p>Cuando llegué ella estaba ahí, sola, en la punta más alejada de la terraza, aferrada a un vaso de cerveza, seguramente expectante de encontrar en mí todas esas virtudes falsas que nuestros contactos en común le habían prometido que yo tenía. Y del otro lado estaba yo, con un vaso de Coca en la mano sin fernet (cero código el chabón) para mantener la sobriedad, deseando que el azar hiciera coincidir mi ser real con aquel personaje que le habían vendido que yo era, estudiándola de arriba abajo como una jirafa que esconde su cabeza entre las ramas de un árbol de la sabana africana esperando el momento oportuno para ¡zas!, tragarse de un bocado uno de esos chimpancé que andan colgándose por ahí (¿ah, no? ¿Las jirafas no hacen eso?).</p>
<p>La cosa es que lo primero que se me ocurrió fue hablar con la hermana. La piba, que la conocía desde que nació, más o menos, me dio un montón de info acerca de sus gustos e intereses. Sin embargo, me advirtió que había un peligro al acecho: <em>“Le gusta que la busquen mucho, así que, si te bancás el histeriqueo, es toda tuya”</em>. ¿Qué quería decir con eso? ¿Que iba a tener que intentar hablar con ella muchas veces hasta que finalmente me permitiera bucear por su vida privada? ¿Que su primera respuesta iba a ser <em>“no”</em> y que el <em>“sí”</em> vendría en cuenta gotas? ¿Que iba a rechazarme un número determinado de veces hasta que, luego de una cuota de desgaste e insistencia ya prefijada de antemano por ella pero desconocida para mí hasta entonces, accedería a mis solicitudes de contacto interpersonal?</p>
<p>Como no me terminó de convencer la familia directa, me acerqué con uno de sus amigos más cercanos. Después de prepararle un fernet bien picante (para entrar en confianza rápido y aflojarle un poco la lengua) lo encaré y le pregunté qué tipo de hombres le gustaban a su compinche. Resulta que el tipo parecería haberme estudiado de pies a cabeza, buscar todos mis antónimos y construir con ellos el supuesto hombre ideal que su cómplice deseaba que conquiste su corazón. O sea que yo representaba algo así como la papelera de reciclaje de todos sus gustos. No tenía la altura, ni el color de piel, ni los rasgos que buscaba en un hombre. Mucho menos coincidía el tipo de humor que practico, la filosofía de vida que profeso, ni las aspiraciones que me movilizan.</p>
<p>Golpeado en mi autoestima con profunda severidad, tiré un manotazo de ahogado y me lo llevé al ex, que aún rondaba el aire como un buitre esperando que su presa malherida se entregara a su destino fatal de carroña, a un rincón de la celebración y entre pitos y maracas le pregunté qué había hecho para enamorarla. El flaco me dio una serie de consejos atroces sobre cómo se manejan las relaciones humanas modernas. Me dijo que a las mujeres había que tratarlas de tal manera, que los hombres debíamos ser de tal otra, que todo lo que importaba en esta vida era sarasa y no sé cuántas paparruchadas más que florecían exactamente en el opuesto punto cardinal de mi existencia.</p>
<p>Así que, como aquel boxeador noqueado que trata de aferrarse a las cuerdas con su último vestigio de fuerza antes de caer inexorablemente a una lona que lo condenará para siempre a un destino de soledad y dolor, me alejé desfallecido de ese cuadrilátero del desencuentro, de esa hermana que me exigía hacer cosas que no quiero, de ese amigo que pretendía que me convirtiese en alguien que no soy, y de un ex novio que me aconsejaba cambiar la esencia de lo que me hace sobrevivir en este mundo. Me fui del lugar, volví a mi casa y, abrumado de tantos golpes por debajo del cinturón, me derrumbé sobre la cama deseando que aquella noche terminase, que aquel deseo de conquista se fugase de mi mente, que mi alma regresase a este cuerpo fuera de combate sumido en la más profunda de las depresiones.</p>
<p>Y al día siguiente me contaron que, cuando me fui, la mina preguntó por mí.</p>
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		<title>Un cuarto kilo de tramontana</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 11:10:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Martín París</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<description><![CDATA[Los sábados me cuestan. Es el día de la semana en que uno aprovecha para salir y, cuando estás soltero, muchas veces pasa que tus amigos tienen algún casamiento, cumpleaños, asado con compañeros del trabajo y es ahí cuando te das cuenta que estás realmente solo. Muchos sábados a la noche me quedo encerrado en... <a href="http://blogs.infobae.com/soy-solo/2013/01/08/un-cuarto-kilo-de-tramontana/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Los sábados me cuestan. Es el día de la semana en que uno aprovecha para salir y, cuando estás soltero, muchas veces pasa que tus amigos tienen algún casamiento, cumpleaños, asado con compañeros del trabajo y es ahí cuando te das cuenta que estás realmente solo. Muchos sábados a la noche me quedo encerrado en mi casa pensando que son mucho más dolorosos que los domingos, porque si un sábado a las nueve de la noche no te estás preparando para salir, quiere decir que, probablemente, aquel día sólo te acompañará tu soledad, pero los domingos… los domingos están naturalmente destinados a la depresión (si hasta a Dios le pintó el bajón). Sin embargo, como la necesidad tiene cara de hereje y perfume de mujer, desarrollé una estrategia para estos días en los que intento apagar desesperadamente las brasas que hacen arder mi corazón. Un procedimiento tan sutil que ni al mismísimo Napoleón Bonaparte se le hubiese ocurrido imaginar: me compro un cuarto kilo de helado de tramontana y me miro una peli tirado como un cerdo en la cama.</p>
<p><span id="more-110"></span></p>
<p>Los sábados son días en los que se viven muchas cosas únicas acompañado. Sinceramente, confieso que tuve la fortuna de haber vivido fines de semana inolvidables, con compañías encantadoras que me hacieron muy feliz y hasta con las que me entregaba a ciertos placeres mundanos. Pero cuando uno se tira como un chancho depresivo con una cuchara y un tarro de telgopor relleno de crema con galletitas de chocolate y dulce de leche repostero a ver un estreno de cine en su casa (de esos en los que ves la silueta de un tipo que se levanta para ir al baño en el clímax de la película) a veces termina viéndose envuelto en situaciones bastante curiosas y tristes.</p>
<p>Es difícil conquistar a una mujer muy deseada, como una estrella de cine, por ejemplo. Yo, por mi trabajo en la cocina de la televisión, tengo la oportunidad de cruzarme con muchas chicas de esas que arrancan suspiros al por mayor. Podría pecar de nabo diciendo que no todas son como se las ve en pantalla (algo de cierto hay en eso), pero es innegable que la caja boba las envuelve de cierto halo impenetrable que las hace mover con una seguridad que no todas las mujeres tienen. Por eso, el día que enamoré a esa bailarina de TV que todo el mundo amaba, me sentí tocar el cielo con las manos.</p>
<p>Me acuerdo que la vi por primera vez moviendo su hermoso cuerpo al lado de un conductor que lo único que tenía que hacer era sonreír a cámara y leer las cartulinas que le preparaba. El tipo no era siquiera capaz de cumplir esa simple tarea. Pero igual la culpa era mía: le sostenía los carteles torcidos porque me babeaba viéndola a ella contonear su candente figura. Su cuerpo estaba marcado y turgente por horas de ensayo, tenía una sonrisa de esas que te encandilan al verlas y una gracia al moverse que pocos artistas poseen. Yo sentía que era tan evidente su destino de estrellato que un simple productor, que es como la borra de la televisión, no tenía chances siquiera de mirarla sin sentirse a años luz de distancia. Pero como la porfía hace a nuestro oficio, fui dejándole leves señales para que ella notase que me interesaba.</p>
<p>Siempre era yo el que la llamaba para citarla al programa y en esas charlas le preguntaba cómo estaba, cómo se sentía, qué buscaba en un hombre (disimuladamente). Ella me cortaba y aparecía a la hora citada en el estudio con su bolsito en mano y sus polainas (uf… las polainas). La verdad que ni me registraba (pasamos una temporada sin que ella supiese siquiera cómo me llamaba), pero un día, aproveché una situación fortuita para jugarme mi única chance con ella. Resulta que agarré la rutina del programa y, aprovechando un ensayo de las bailarinas en el decorado y una tardanza del conductor, le pedí a la vestuarista y a la maquilladora que me preparasen como si fuera una estrella de Hollywood y salí a sonreír frente a las cámaras. Al principio las bailarinas me miraron raro (sobre todo ella que no sabía quién era ese flaco que estaba segura no haber visto nunca antes en su vida), pero después, tanto el equipo técnico como los productores y artistas que me rodeaban entendieron que le estaba por declarar mi amor y se coparon siguiéndome el juego.</p>
<p>Ahí miré el monitor y vi que estaba saliendo al aire para miles de espectadores. Escuché que los teléfonos comenzaron a sonar con televidentes que preguntaban quién era ese tipo que se animaba a hacer el ridículo por amor. Lo vi llegar al productor general junto al gerente de programación con ojos brillosos sin poder creer que uno de sus esclavos postmodernos estaba contaminando la pantalla de su canal. A mi ya nada me importaba, sólo hacerle saber a esa mujer, que rechazaba ofertas de amor a diestra y siniestra, que yo también me ponía en la cola para conquistarla para siempre. Y fue entonces, en medio de esa locura mediática, que me acerqué a ella y le pregunté: <em>“¿Querés ser la co-conductora de mi corazón?</em>”, y la bailarina, tras mirarme de arriba abajo, me contestó: <em>“Tenés tramontana en el pecho, pibe”</em>. Entonces, me corrí la camisa, y descubrí una galletita de chocolate derritiéndose sobre mi cuerpo, sentí mi sueño esfumarse, vi una película pirata terminarse. El sol asomaba por la ventana. Por suerte ya era domingo (o lo que es lo mismo, otro sábado a la noche en soledad superado).</p>
<p>Ya fue, la semana que viene me pido medio kilo.</p>
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