Por: Juan Chiramberro
Inmaculada bestia de ladrillos, la Catedral se muestra implacable, omnisciente, todopoderosa. Si uno se para a orillas de sus pies, y mira hacia el casco, todo parece más cercano y entonces se marea. Es como un purgatorio, parece estar uno más pronto a las nubes pero no lejos de caer en el infierno, porque todo se muestra alto, inalcanzable. Es estar en el medio de todo, de todo lo metafísico. Es un efecto de caída, de demolición, una reflexión hormiguística sobre lo pequeño que uno es ante el mundo. Entonces te olvidás de todo lo innecesario que carga en tu cabeza. Ya sos otro, tus perspectivas cambiaron.
Inspirada en catedrales como la de Amiens, Francia, el Ingeniero Pedro Benoit se hizo cargo del proyecto de la construcción, junto al arquitecto Ernest Meyer, allá por 1884, apenas fundada la ciudad y a poco del nacimiento de Gimnasia y Esgrima.
Desde entonces, la Catedral Metropolitana de La Plata, dando sombra y eterna custodia a Plaza Moreno, se transformó en personaje principal del misterio, de ese que habla también de brujas, criptas, túneles y masones.
Con estilo neogótico, Poe y Lovecraft hubieran encontrado en ella más de una historia para narrar, para crear pesadillas, para inventar un poco de muerte. Es que esta inmensa nave espacial de piedra no es solamente el documento de presentación de la ciudad, que dota de identidad a la capital de la provincia de Buenos Aires, sino también, es la creadora de un ambiente lúgubre por las noches de neblina en las que desaparece la mitad de su cuerpo haciéndose aún más gigante.
En las entrañas de la Catedral se encuentra el sepulcro de Dardo Rocha, quien fuera padre fundador de La Plata, además de Necochea, Coronel Vidal, Tres Arroyos y Pehuajó, junto a la lápida de quien fuera, entonces, su esposa, Paula Arana. Con espejado suelo de granito, de piedra extraída de Olavarría, San Luis y Calamuchita, quién sabe qué otras cosas esconde debajo ese pedazote de obra arquitectónica.
También puede el visitante, además de considerar todo lo anterior, recorrer un Museo, y subir a una torre, todo en cuanto esté preparado para mirar a los ojos a una docena de gárgolas que no tardarán en hacerlo sentir en Notre Dame, e inmiscuirse entre gruesos muros de roca, como en las películas de aventuras, esas que tratan de tesoros y de piedras fundacionales con documentos históricos, y criptografías y mensajes ocultos en rincones estratégicos sólo visibles a una hora determinada en el ángulo justo, en ese momento donde se muestra el sol para desnudar la verdad.
Ya en lo más alto, subiendo los 63 metros del ascensor del ala izquierda, uno divisa, en el horizonte que corta lo redondo del planeta, el también misterioso Río de La Plata, y las diagonales de la ciudad se cruzan dibujadas. Todo parece tan fácil y claro desde ahí que hasta el propio trazado de una ciudad puede considerarse una tarea simple. Pero pronto recae su mirada en el corazón de Plaza Moreno, que tantos otros misterios comparte con la Catedral, y puede divisar dos figuras en las inmediaciones de donde todo comenzó aquí, cerca de la piedra fundacional, en el centro geográfico de todo esto. Una es la cara de Julio López, la otra, más cercana, la silueta de las Islas Malvinas. Son mensajes proyectados para un alguien en un lugar determinado, en busca de justicia, de igualdad y de memoria, son señales, como las de Ciudad Gótica.
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